La ordenanza se publicó un martes en el tablón de anuncios del Ayuntamiento de Villagracia, entre un aviso sobre la poda de plátanos y el horario de verano del punto limpio. Ocupaba tres folios grapados con letra pequeña y llevaba un sello morado que nadie había visto antes. Decía, en resumen, que mantener cara larga en la vía pública constituía falta leve sancionable con multa de entre treinta y ciento veinte euros, dependiendo del grado de abatimiento y de si el infractor mostraba o no voluntad de enmienda.
El primer día del bando del ayuntamiento
El primer día nadie le hizo mucho caso. Los bandos municipales de Villagracia solían tratar sobre horarios de riego, restricciones de aparcamiento en fiestas patronales y prohibiciones de tender ropa interior en balcones que dieran a la plaza. Cosas que todo el mundo leía de reojo y que nadie cumplía, pero que servían para que la concejala de Convivencia Ciudadana, Sonia Palop, justificara su sueldo.
Sonia Palop tenía cincuenta y un años, el pelo rubio cardado como un merengue y una sonrisa permanente que no le llegaba a los ojos pero sí le ocupaba toda la parte inferior de la cara. Llevaba blusas de color salmón incluso en noviembre. En las fotos del boletín municipal siempre aparecía con los pulgares hacia arriba, cosa que nadie le había pedido jamás.
La primera multa
La primera sancionada fue Paquita Hervás, viuda de sesenta y siete años con la boca naturalmente curvada hacia abajo y un luto permanente que llevaba ya once años más que el marido muerto. Iba por la calle del Olmo con dos bolsas de Mercadona cuando el guardia Tomás Biedma le cortó el paso, le pidió el DNI y le informó de que su expresión facial no cumplía con los mínimos establecidos en la Ordenanza 14/2025 de Bienestar Anímico en Espacios Comunes.

Paquita lo miró como se mira a un sobrino que ha dicho una barbaridad en Nochebuena.
— Pero hijo, si esta es mi cara de siempre.
— Señora, no discuto la naturaleza de su cara. Discuto su curvatura.
Biedma sacó del bolsillo una regla transparente de las de colegio, de esas con el borde mordido. Se la acercó a la boca. Midió. Meneó la cabeza.
— Menos de tres centímetros. Ni de lejos.
Paquita bajó la vista a la regla, luego a las bolsas de la compra, luego al guardia. Intentó sonreír, pero le salió una mueca que parecía el preludio de un estornudo.
— Eso tampoco, señora. Tiene que ser espontánea.
Le puso treinta euros de multa. Paquita pagó con un billete arrugado que llevaba en el bolsillo del abrigo y siguió andando con la misma cara, porque no tenía otra.
Los tres centímetros reglamentarios
En menos de dos semanas, la regla transparente se convirtió en el símbolo más temido de Villagracia. Los guardias la llevaban en un estuche de plástico colgado del cinturón, entre la porra y el walkie. Había tres agentes asignados al control de ánimo: Biedma, que era el más riguroso; Loli Cascales, que se disculpaba antes de medir; y un chaval nuevo, Adrián, que sudaba cada vez que tenía que sancionar a alguien mayor que él.

El procedimiento era siempre el mismo. El guardia se acercaba, pedía documentación, sacaba la regla y la colocaba horizontalmente bajo el labio inferior del ciudadano. Si las comisuras no superaban la línea de los tres centímetros por encima del punto neutro, se abría expediente.
Lo del punto neutro fue objeto de debate durante un pleno entero. Nadie sabía definirlo. La concejala Palop explicó que era la posición natural de la boca en reposo, pero Mariano Suárez, pensionista de setenta y tres años con bigote de foca y gorra de pana, se levantó desde la última fila del salón de actos para preguntar que qué pasaba con la gente que tenía la boca torcida de nacimiento.
— Para esos casos existe el Formulario 7B — dijo Palop sin perder la sonrisa.
— ¿Y eso qué es?
— Una solicitud de exención temporal por motivos fisiológicos o emocionales debidamente acreditados. Se rellena en triplicado, se presenta en el registro con certificado médico o psicológico adjunto y se resuelve en un plazo de entre quince y cuarenta y cinco días hábiles.
Mariano se quedó de pie un momento, procesando. Luego se sentó despacio, con la expresión de alguien que acaba de entender que el mundo le ha declarado la guerra sin avisarle.
El arte de la sonrisa técnica

La gente empezó a adaptarse, porque la gente siempre se adapta. Lo primero que se hizo viral en el grupo de WhatsApp del barrio fue un truco que explicaba un fisioterapeuta de Albacete en un vídeo de TikTok: sonreír solo con los ojos. Se llamaba técnica Duchenne, aunque en Villagracia lo llamaban «hacer el buda». Consistía en apretar ligeramente los párpados inferiores, levantar los pómulos y dejar la boca más o menos en paz.
El problema era que la ordenanza especificaba curvatura labial. Los ojos no se medían. Pero algunos ciudadanos descubrieron que si entrecerrabas los ojos lo suficiente, al guardia le costaba más acercarte la regla a la boca, porque se sentía incómodo invadiendo el espacio de alguien que parecía estar disfrutando de un chiste interior.
Se formaron corrillos en el parque para practicar. Lucía, la del estanco, se convirtió en una especie de monitora de sonrisa clandestina. Daba clases detrás de la persiana metálica a medio bajar, los jueves a las siete. Cobraba dos euros por sesión, que incluían un café de máquina y un espejito de mano.
— Lo importante es que parezca que te va bien la vida — decía Lucía, que llevaba tres años sin hablarse con su hermana y un divorcio a medio firmar —. No hace falta que te vaya bien. Hace falta que lo parezca.
Nadie le discutía eso.
La sonrisa del kiosquero

Remigio, el del kiosco de prensa de la plaza, fue el primero en ver la oportunidad. Empezó a vender unas tiras adhesivas transparentes que se pegaban en las comisuras de los labios y las mantenían ligeramente elevadas. Las compraba por internet a un proveedor chino que las anunciaba como «face lifting tape» y las revendía a tres euros la tira.
La primera semana vendió ochenta. La segunda, doscientas. La tercera tuvo que pedir un segundo expositor.
Los guardias no tardaron en detectar las tiras. Biedma fue el primero en notarlo: al acercar la regla a la boca de don Ernesto, el farmacéutico jubilado, la cinta se despegó con un chasquido y la sonrisa cayó de golpe, como una persiana suelta. Biedma lo miró con lástima profesional. Le midió: un centímetro y medio. Multa doble por «simulación de bienestar».
Don Ernesto se quedó en medio de la acera con la tira adhesiva colgándole de la mejilla como una tirita emocional. Pasó una señora con un carrito de la compra, le miró el labio y le dijo:
— Ernesto, que se te ha caído la alegría.
El Formulario 7B
Para estar triste en Villagracia hacía falta permiso. Eso quedó claro la tercera semana, cuando la cola en el registro municipal empezó a dar la vuelta al edificio. Todos querían el Formulario 7B. En la ventanilla atendía Maribel, funcionaria de carrera con gafas de pasta y un jersey de cuello vuelto que parecía puesto para protegerla de la humanidad. Maribel llevaba veintidós años en esa ventanilla y no había sonreído en diecinueve, pero como funcionaria municipal estaba exenta por el artículo 9, párrafo segundo.

El formulario pedía nombre completo, DNI, dirección, motivo de la tristeza, duración estimada del episodio, zonas de la vía pública por las que se pretendía transitar con semblante afectado y firma del solicitante comprometiéndose a no contagiar el desánimo a terceros.
— ¿Contagiar el desánimo? — preguntó una mujer con los ojos hinchados que acababa de enterarse de que su gato tenía un tumor.
— Es literal. Artículo 6, apartado C — dijo Maribel sin levantar la vista.
El formulario se entregaba en triplicado. La copia rosa era para el ayuntamiento, la amarilla para el solicitante, la blanca para el archivo. Pero no siempre había copias amarillas, así que a veces te daban la blanca y tú tenías que apañarte con una fotocopia del Formulario 7B que a su vez era una fotocopia de otra fotocopia, y en la tercera generación ya no se leía ni el membrete.
Hubo quien empezó a rellenar formularios preventivos. Mariano, el del bigote de foca, presentó siete en un mes: uno por la rodilla, otro por la pensión, otro por el tiempo, otro por el fútbol, otro por el ruido de la obra de enfrente, otro por motivos generales y otro que dejó en blanco en el apartado de motivo, con una nota que decía «por si acaso».
Maribel los selló todos sin pestañear.
El concurso de la sonrisa más sana
La concejala Palop organizó un concurso. Se celebraría en la plaza del Ayuntamiento, un sábado por la mañana, con jurado, carpa municipal y premios. Primer premio: exención de multas anímicas durante seis meses. Segundo: tres meses. Tercero: una cesta de productos locales y un diploma.
Se apuntaron cuarenta y dos personas. No porque quisieran ganar, sino porque la exención valía oro. Seis meses sin tener que sonreír en la calle eran seis meses de libertad facial.
El jurado lo formaban Palop, un psicólogo del centro de salud que había aceptado a cambio de que le arreglaran el bache de delante de su portal y el guardia Biedma, que llevaba su regla con funda nueva.

Los concursantes pasaban de uno en uno. Sonreían. Biedma medía. El psicólogo evaluaba la «autenticidad percibida» con una escala del uno al diez que se había inventado esa misma mañana.
Ganó Toñi Ramírez, una mujer de cuarenta y cinco años con cara redonda, coloretes naturales y una sonrisa enorme que le salía sin esfuerzo. Cinco centímetros y medio de curvatura. Aplausos. Foto. Diploma enmarcado. Toñi lloró de emoción al recoger el premio, y Biedma tuvo un momento de duda profesional, porque técnicamente el llanto era una infracción, pero la concejala le hizo un gesto con la mano para que dejara la regla en el bolsillo.
Lo que nadie contó en la crónica del periódico local fue que Toñi llevaba cuatro meses tomando ansiolíticos y que su sonrisa natural era un efecto secundario de la medicación. Ella lo sabía. Su médico lo sabía. Su marido, que no se presentó al concurso porque dijo que le dolía la espalda, probablemente también lo sabía.
Pero sonreía. Y medía. Y eso bastaba.
El día de los tres centímetros rotos
Todo se torció un viernes de noviembre, a las once de la mañana, delante de la pescadería de la calle Mayor.
Biedma paró a una mujer joven, de unos treinta años, con un niño pequeño en el carrito. Le pidió documentación. Le acercó la regla. La mujer no sonreía. No hacía mueca. No lloraba. Simplemente tenía la cara quieta, como se tiene la cara cuando estás cansada y vas a comprar lubina.
— Señora, dos centímetros. Insuficiente.
— He dormido cuatro horas.
— Eso no es eximente. ¿Tiene el 7B?
— Tengo un hijo de once meses.
— Sin el formulario no puedo hacer nada.

La mujer se quedó mirando a Biedma con una quietud que daba más miedo que cualquier grito. Luego sonrió. Pero no la sonrisa que Biedma esperaba. Fue una sonrisa lenta, amplia, desmedida, que le fue ocupando la cara entera hasta parecer un cartel de circo. Abrió los ojos mucho. Enseñó todos los dientes. Le salió una vena en el cuello.
— ¿Así? — dijo, con la voz temblándole un poco —. ¿Así está bien?
El niño tenia una gran sonrisa. La cola de la pescadería se quedó en silencio. Biedma dio un paso atrás. Midió con la regla desde lejos, más por inercia que por convicción. Seis centímetros. Sobresaliente.
— Puede... puede circular — dijo.
La mujer se fue empujando el carrito, con esa sonrisa todavía puesta como una máscara mal sujeta. La pescadera dejó caer el cambio encima del mostrador sin contar las monedas. Una señora mayor, al fondo de la cola, se tapó la boca con la mano. No estaba claro si era por pena o por miedo a que le midieran a ella también.
Esa tarde, alguien pegó un papel en la farola de la plaza: «Sonríe o paga. Paga o sonríe. Da igual, porque de todas formas ya no es tuya».
El ayuntamiento lo retiró antes de las ocho, pero alguien le había sacado foto. Esa noche circuló por el grupo de WhatsApp del barrio sin que nadie dijera nada debajo. Ni un emoji. Ni un comentario. Solo visto por todos.
La junta vecinal que no fue
Mariano intentó convocar una reunión en el bar de Paco para hablar del tema. Se presentaron catorce personas. Paco puso una jarra de cerveza en cada mesa y subió el volumen de la tele para que, si venía un guardia, pareciera que estaban viendo el fútbol y no conspirando.

Pero nadie se atrevió a quejarse abiertamente. Porque quejarse era admitir que estabas a disgusto. Y estar a disgusto en Villagracia, desde la ordenanza, era una falta administrativa.
— Es que tampoco es para tanto — dijo uno que siempre decía eso —. A mí me han medido tres veces y siempre paso.
— Porque tienes cara de
payaso — murmuró Paquita desde la barra, con su boca torcida hacia abajo y su tercer formulario en el bolso.
Mariano propuso escribir una carta al ayuntamiento. Alguien sugirió una manifestación. Alguien más dijo que para manifestarse había que pedir permiso y que igual les pedían sonreír durante la marcha. Se hizo un silencio largo. Paco cambió de canal.
Al final no se hizo nada. Cada uno volvió a su casa, con su cara puesta del derecho o del revés, y al día siguiente volvieron a salir a la calle con la mandíbula preparada.
El cartel del ayuntamiento
Un lunes de diciembre, frío, con ese cielo gris plano que parece un techo de oficina, Paquita Hervás salió a comprar el pan. Iba por la calle del Olmo con su abrigo negro, sus bolsas, su boca torcida de siempre. En el bolsillo llevaba el Formulario 7B número nueve, sellado y en regla, con el cual no estaba obligada a sonreir.

Al cruzarse con Biedma, el guardia le hizo un gesto con la cabeza. Ella le devolvió el gesto. Ninguno de los dos sonrió. Biedma metió la mano en el estuche, tocó la regla con los dedos, pero no la sacó. Siguió andando.
Paquita entró en la panadería. Pidió una barra y un bollo de leche. La panadera le dio el cambio con una sonrisa enorme, de cinco centímetros por lo menos, perfecta, reluciente, inmóvil. Paquita cogió la bolsa, asintió y salió a la calle.
Hacía frío. Se abrochó el botón de arriba del abrigo. No miró a nadie. Nadie la miró a ella. En la farola de la esquina, alguien había pegado un cartel nuevo del ayuntamiento: «Villagracia, municipio emocionalmente sostenible». Debajo, con rotulador negro, alguien había añadido una carita sonriente.
En Villagracia ya nadie sabía quién era feliz. Pero todos sabían cuánto medía una sonrisa, como minimo tres centimetros.
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