Un cajón de madera visto desde arriba, lleno de lápices de distintos tamaños inclinados como si conversaran, mientras varias manos de personas diferentes se acercan desde arriba para cogerlos.

El mundo de los lápices y las manos que los agarran

Un relato sobre lo que un lápiz siente, percibe y nunca llega a entender del todo.


Primer plano de un lápiz joven y otro viejo y corto inclinado hacia uno nuevo y largo, como si le susurrara un secreto entre el serrín de cedro.

Nadie sabe cuándo comenzó el primer rumor. Quizá fue en una fábrica de Núremberg, hace doscientos años, cuando un lápiz recién nacido —todavía oloroso a cedro y con la mina virgen— escuchó a un lápiz viejo, gastado hasta la mitad, susurrarle desde la caja de lápices contigua:

«Todo lo que necesitas saber de este mundo cabe en una sola verdad: no eliges la mano. La mano te elige a ti.»

Así empezó, o así se cuenta.

La gran sabiduría de los lápices

Porque los lápices tienen su propia forma de entender la vida. No conocen los países ni las guerras ni las estaciones del año. No saben qué es el dinero ni la muerte ni el amor. Solo conocen una cosa: las manos. Para un lápiz, una mano es todo un universo. Es su clima, su paisaje, su destino. Es lo único que un lápiz llega a tocar de aquello inmenso e incomprensible que los lápices llaman, con temor reverencial, el Otro Lado.

Del Otro Lado vienen las manos. Y al otro lado regresan cuando sueltan el lápiz y se alejan.

Lo demás —las palabras, los dibujos, las firmas— no es más que el rastro que queda en el papel.

Los lápices no saben leer. Solo sienten. Nunca han sabido qué dicen las palabras que escriben. Ignoran si acaban de firmar un tratado de paz o una sentencia de muerte, una declaración de amor o la lista de la compra. Todo eso pertenece al Otro Lado. Ellos únicamente conocen la presión de la mano, el temblor de los dedos, el tiempo que tarda alguien en decidir una palabra antes de escribirla.


I. La Clasificación de las Manos

Con el tiempo, los lápices fueron creando una taxonomía. Se transmite de estuche en estuche, de cajón en cajón, en esos largos silencios que los humanos llaman estar guardado y que para los lápices son noches enteras de conversación.

La llaman La Clasificación, y todo lápiz que se precie la conoce de memoria.

La mano rechoncha de un niño aprieta un lápiz con tanta fuerza que la punta acaba de romperse sobre un papel lleno de soles con cara y casas torcidas

Las manos de los niños

Son las primeras que aparecen en la Clasificación, no porque sean las más importantes, sino porque son las más ruidosas. Aprietan demasiado. Siempre aprietan demasiado. Un lápiz veterano puede reconocer una mano infantil antes de que termine la primera línea: la presión es brutal, torpe, entusiasta. Les rompen la punta cada tres palabras. Les arrancan la pintura con las uñas. Les mojan la madera con saliva. Y, sin embargo —esto lo dicen todos los lápices que han sobrevivido a una mano infantil—, ninguna otra mano escribe con tanta alegría.

Dibujan soles con cara. Casas con chimeneas de las que sale un humo en espiral. Familias donde todos son más altos que la puerta. Los lápices que han conocido manos de niño suelen volverse un poco nostálgicos. Dicen que ninguna mano posterior se parece. Que después de un niño, todo lo demás es más silencioso.

Las manos de los estudiantes

Son nerviosas. Huelen a goma de borrar y a café frío. Escriben rápido durante horas y luego desaparecen durante semanas. Un lápiz que pertenece a un estudiante conoce bien el abandono: días enteros en el fondo de una mochila, entre migas y monedas, hasta que de pronto la mano regresa, urgente, temblorosa, a las tres de la madrugada, y escribe sin parar como si el mundo se acabase al amanecer.

Los lápices de los estudiantes aprenden pronto que hay un día terrible que llaman el examen. Ese día la mano suda. Ese día la presión cambia cada pocos minutos. Ese día el lápiz siente algo que no sabe nombrar pero que los humanos llaman miedo.

Las manos de los escritores

Son, según la Clasificación, las más desconcertantes. Escriben una línea y se detienen. Tachan. Reescriben. Se detienen otra vez. A veces levantan el lápiz y no hacen nada durante un tiempo que a un lápiz le parece eterno. Los lápices cuentan que las manos de los escritores hablan solas mientras escriben, mueven los labios como si estuvieran dictándose algo que aún no existe. Y lo más extraño: a veces dejan al lápiz quieto sobre la mesa, mirando hacia una ventana, mientras la mano se aleja y no vuelve en horas.

Los lápices que pertenecen a escritores son los que más tiempo pasan solos. Pero también son los que dejan las marcas más profundas en el papel. Un lápiz viejo de escritor dijo una vez:

«No escriben lo que saben. Escriben lo que buscan. Y a veces buscan durante años.»

Unas manos precisas sostienen un lápiz afilado hasta la perfección sobre un tablero de arquitecto, rodeado de polvo de grafito, una goma gastada y viruta de cedro.

Las manos de los arquitectos

Son precisas como máquinas. Afilan la punta hasta dejarla fina como un alfiler. Un lápiz de arquitecto vive en un estado de afilado perpetuo: lo gastan, lo afilan, lo gastan, lo afilan, hasta que no queda casi nada. Trazan líneas rectas con la ayuda de cosas frías y metálicas que los lápices llaman los guías. Y borran. Borran constantemente. Los lápices de arquitecto conocen la goma de borrar mejor que ningún otro. Dicen que la goma es como un cirujano: quita lo que sobra para que lo que queda tenga sentido.

Lo que los lápices de arquitecto nunca entienden es que esas líneas que trazan se convertirán en casas, en puentes, en hospitales. Que dentro de esos rectángulos diminutos vivirá gente. Que alguien nacerá en una habitación que ellos dibujaron una tarde de martes. Eso no lo saben. Solo sienten que la mano mide, calcula, corrige. Que esa mano está construyendo algo que aún no existe.

Las manos de los abogados

Escriben con autoridad. Subrayan mucho. Hacen marcas en los márgenes. Y tienen una costumbre que los lápices reconocen al instante: se detienen antes de firmar. Siempre se detienen antes de firmar.

Un lápiz de abogado contó una vez que su mano estuvo inmóvil durante casi un minuto entero, suspendida sobre el papel, antes de trazar las letras de un nombre.

«No sé qué había en ese papel», dijo, «pero la mano pesaba como si cargara algo que no quería soltar.»

Los lápices más viejos dicen que la firma de un abogado es el momento más grave que puede vivir un lápiz. Porque a veces, con una sola firma, alguien pierde su casa. O su libertad. O su nombre.

Unas manos rugosas con una cicatriz en un dedo acercan la punta del lápiz a la lengua antes de escribir, con la mirada baja sobre una hoja de papel en una estancia de luz escasa

Las manos de los presos

Aparecen tarde en la Clasificación, casi al final, en un apartado que los lápices llaman Las manos lentas. Porque eso es lo que más llama la atención: escriben despacio. Tan despacio que un lápiz puede sentir cada letra como si fuera un acontecimiento. Cada palabra cuesta. Cada frase es una escalera que se sube peldaño a peldaño.

Un lápiz que perteneció a un preso contó que la mano mojaba la punta con la lengua antes de cada línea, como si el grafito fuera tinta y temiera que se acabase.

«Escribía cartas», dijo. «Siempre cartas. Y cuando terminaba, doblaba el papel muy despacio, como si guardara algo dentro que no quería que se rompiera.»

Los lápices que han conocido manos de preso no hablan mucho de ello. Pero cuando lo hacen, los demás callan.

Las manos de los profesores

Señalan mucho. Los lápices de los profesores pasan más tiempo en el aire que sobre el papel. Subrayan errores ajenos, trazan círculos rojos, escriben comentarios breves en los márgenes.

Lo que más recuerdan los lápices de los profesores es una cosa pequeña: a veces, la mano escribe Muy bien al final de una página, y entonces la presión es distinta. Más suave. Como si la mano sonriera.

Unas manos ásperas con una venda improvisada sujetan un lápiz corto sobre una hoja apoyada en una bolsa de lona, escribiendo con el pulso tembloroso bajo una luz fría y lejana

Las manos de los soldados

Son un capítulo breve. No porque no haya nada que decir, sino porque los lápices de los soldados suelen durar poco. Son lápices pequeños, a menudo rotos, a menudo compartidos. Las manos que los sostienen están sucias, ásperas, a veces vendadas. Escriben poco. Pero cuando lo hacen, dice la Clasificación, lo hacen lejos de casa. Los lápices no saben lo que es una guerra. Solo saben que esas manos tiemblan de un modo particular.

No es el temblor del anciano ni el del estudiante nervioso. Es un temblor que viene de más adentro. Y que las palabras que escriben son casi siempre las mismas: un nombre, una promesa, un te quiero que pesa más que todos los libros del mundo.

Las manos de los médicos

Son un misterio incluso para los lápices más sabios. Escriben deprisa, con una prisa que no se parece a ninguna otra. No es la prisa del estudiante ni la del abogado. Es una prisa que huele a desinfectante y que no se detiene a pensar en la forma de las letras. Los lápices de los médicos son los más humildes de todos, porque saben que nadie —ni siquiera otro médico— entiende lo que escriben.

«Fui instrumento de un mensaje que ni el papel pudo descifrar», dijo una vez un lápiz corto que había pertenecido a un cardiólogo.

Los demás lápices asintieron en silencio.

Un par de manos ancianas con las venas marcadas y un anillo liso depositan con extrema delicadeza un lápiz corto sobre una mesa de madera, junto a una carta doblada.

Las manos de los ancianos

Cierran la Clasificación. Sostienen el lápiz con un cuidado casi reverencial, como si la madera fuera cristal. Escriben poco, pero cada palabra está puesta en su sitio. No tachan. No borran. No tienen prisa. Un lápiz de anciano contó que su mano se detenía a veces en mitad de una palabra, no por duda, sino como si estuviera recordando algo.

«La mano olía a jabón y a pan. Y cuando terminó de escribir, dejó el lápiz sobre la mesa con una suavidad que yo no había sentido nunca. Como si se despidiera.»

Los lápices más sabios dicen que las manos de los ancianos son las únicas que los tratan como compañeros. Porque quizá, a esa edad, la mano ya sabe lo que el lápiz siempre supo: que todo se gasta, que todo se acaba, y que lo único que queda son las marcas que dejamos.


II. Lo que el lápiz siente

Pero la Clasificación es solo teoría. Lo que un lápiz vive de verdad es otra cosa.

Un lápiz no sabe si la mano que lo sostiene pertenece a un abogado o a un asesino. No sabe si escribe una sentencia de muerte o una carta de amor. No sabe si está en Madrid o en una trinchera. Solo percibe fragmentos. Piezas sueltas de un rompecabezas que nunca termina de armar.

Testimonios de los lápices

«La mano olía a tabaco. Escribió tres líneas. Las tachó. Escribió otras tres. Volvió a tacharlas. Al final solo escribió un nombre y dejó caer una gota sobre el papel que lo arrugó todo.»

«Tenía un temblor que iba y venía. A veces desaparecía durante líneas enteras y luego volvía de golpe, como una tormenta. Nunca supe si era miedo, frío o enfermedad.»

«Llevaba un anillo que golpeaba mi madera en cada palabra. Un golpeteo metálico, constante, como un segundo corazón. Un día el anillo desapareció. Y la mano escribió distinto desde entonces. Más fuerte. Más torcido. Como si hubiera perdido el equilibrio.»

«Estaba fría. Tan fría que apenas podía cerrar los dedos. Pero escribió sin parar hasta que la mina se acabó. Luego me dejó en un bolsillo y sentí el calor de un cuerpo que temblaba.»

«Lloraba. Yo lo sé porque las gotas caían sobre el papel mientras escribía y el grafito se corría y la mano se detenía y después seguía, y a veces la presión se hacía tan fuerte que pensé que me partiría en dos, pero no me partí, y la mano siguió escribiendo hasta el final, y cuando terminó, me dejó caer al suelo.»

«Reía mientras escribía. Es lo único que sé. No sé qué escribió. No sé para quién. Solo sé que la mano se agitaba con pequeñas sacudidas de alegría y que la punta bailaba sobre el papel. Fue la mano más bonita que he conocido. No porque fuera suave ni joven ni limpia. Sino porque estaba contenta.»

A partir de esas sensaciones, los lápices intentan adivinar quién era aquella mano. Se pasan las noches largas del cajón construyendo historias. Tal vez la mano fría era de un soldado. Tal vez el anillo era de una mujer que se divorció. Tal vez la mano que reía era de un abuelo escribiéndole a su nieto.

Nunca lo saben con certeza.

Y eso, dicen los lápices más viejos, es exactamente lo que hace que valga la pena haberlo vivido: no la respuesta, sino la pregunta. No la historia, sino el misterio.


III. El último rumor

Existe un rumor que los lápices se transmiten en voz muy baja, casi con vergüenza, porque suena a superstición.

Dicen que cuando un lápiz se gasta del todo —cuando no queda más que un trozo diminuto de madera mordida y mina rota, demasiado pequeño para que ninguna mano lo sostenga—, en ese último instante, el lápiz lo entiende todo.

Ve, de golpe, todas las palabras que escribió. Todas las manos que lo tocaron. Todas las cartas, las listas de la compra, los exámenes, las firmas, los dibujos, los te quiero, los adiós.

Una papelera de metal vista desde arriba, llena de papeles arrugados y sobres rotos, con un diminuto cabo de lápiz de apenas dos centímetros en el centro, iluminado por un rayo de luz cálida.

Y entonces comprende lo que nunca pudo saber mientras escribía: que cada marca que dejó en el papel era un fragmento de una vida. Que la carta de amor y el despido y la lista de la compra y la última carta antes de la guerra eran, todas, la misma cosa: alguien intentando decir algo que no le cabía dentro.

Nadie ha podido confirmar este rumor, claro. Porque el lápiz que lo descubre ya no puede contarlo.

Pero a veces, en una papelera, entre papeles arrugados y sobres vacíos, se puede encontrar un trozo de lápiz tan gastado que apenas mide dos centímetros. Y si uno lo mira con atención —con verdadera atención, la clase de atención que casi nadie tiene ya—, puede notar que la madera está suave, pulida por el roce de tantos dedos, y que la mina asoma apenas, negra y brillante como un ojo que se cierra.

Y si uno pudiera acercar el oído a esa madera diminuta, dicen los lápices, lo que escucharía no serían palabras.

Sería algo parecido a una sonrisa.

Porque al final, eso es lo que un lápiz aprende después de pasar por tantas manos: que la vida no es lo que se escribe, sino cómo tiembla la mano al escribirlo.

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