Antes me subía a los árboles.

Lo digo en voz alta cuando camino por el parque, como quien comprueba que aún recuerda su propio nombre. Antes me subía a los árboles y no pensaba en huesos, ni en vértigos, ni en el tiempo. Pensaba en el cielo. En la rama más alta. En la risa que venía después, limpia y desbordada, como si el aire también se riera conmigo.
Había algo sagrado en ese gesto. Las manos buscaban grietas en la corteza sin pedir permiso. Las zapatillas encontraban apoyo donde parecía no haberlo. El cuerpo sabía. No preguntaba cuánto pesaba, ni cuánto podía caer. Simplemente ascendía.
Desde arriba el barrio se ordenaba. Las azoteas parecían tranquilas, las discusiones de los adultos se volvían murmullos inofensivos, y yo sentía que el mundo era una maqueta que cabía en mis rodillas raspadas. Antes me subía a los árboles y creía, con la convicción feroz de los veinte años, que la altura era una forma de eternidad.
Ahora tengo sesenta y dos años. Y ahora les doy la vuelta.
Camino alrededor del árbol como quien rodea una historia conocida. Paso la mano por la corteza y reconozco sus irregularidades. Miro hacia arriba, sí, pero con otra clase de diálogo interior. No calculo si puedo subir; calculo cuánto tardaría en bajar.
No es tristeza. Tampoco es resignación. Es otra cosa más silenciosa y más honda. Una manera distinta de acercarme a lo mismo. Antes buscaba la cima; ahora busco comprender el árbol entero.
Y sin embargo, cuando el viento mueve las ramas, algo dentro de mí todavía se inclina hacia arriba. Como si el joven que se subía a los árboles no hubiera desaparecido, sino que aguardara, paciente, en alguna parte de mi memoria muscular.
El cuerpo que no preguntaba
De joven el cuerpo era una afirmación constante. Subía sin calcular. Saltaba sin medir. Corría porque sí. Antes me subía a los árboles como si el mundo fuera un patio propio y el aire una extensión natural de los pulmones.
No había calentamiento, ni estiramientos, ni advertencias médicas. Había impulso. Las manos encontraban salientes invisibles, los pies se aferraban a la corteza como si hubieran nacido para ello. El equilibrio no era una conquista: era un estado natural.

Recuerdo la corteza clavándose en las manos y esa pequeña quemadura dulce en los antebrazos. El olor a savia mezclado con el polvo del verano. Las hormigas explorando mis tobillos como si yo también fuera parte del árbol. Recuerdo la rugosidad áspera contra la mejilla cuando me detenía a medio camino, solo para sentir el latido acelerado.
Y recuerdo la voz de mi madre desde la ventana:
— Luisitoo. Baja de ahí ahora mismo.
Había en su tono más miedo que enfado. Yo lo sabía, pero no lo comprendía del todo. Tardaba un poco más en obedecer. No por rebeldía, sino por el placer secreto de dominar la altura, por esa sensación de estar suspendido entre el suelo y el cielo, como si durante unos minutos el mundo dependiera de mis manos.
Una vez resbalé. No fue una gran caída, apenas un golpe torpe contra una rama inferior. Me hice una herida en la rodilla que escoció durante días. Aun así, al verano siguiente volví a subir. El cuerpo no archivaba el miedo; lo olvidaba con una facilidad asombrosa.
La gravedad era un rumor lejano. Una teoría para adultos. Algo que afectaba a los jarrones frágiles, no a mí.
Antes me subía a los árboles y creía, sin formularlo, que la fuerza era infinita. Que el tiempo era una línea recta hacia arriba. Que nada, absolutamente nada, podría enseñarme prudencia.
La primera vez que miré hacia abajo
No sé cuándo ocurrió exactamente. Tal vez a los cuarenta. Tal vez antes. Los cambios verdaderos no anuncian su llegada; se instalan con discreción. Un día, al subir a una escalera para cambiar una bombilla, miré hacia abajo.

La casa estaba en silencio. Era una tarde cualquiera. La escalera no era alta, apenas tres peldaños, pero al alargar el brazo noté algo nuevo: una ligera inestabilidad, no en la madera, sino en mí.
Y pensé en la caída.
No en el golpe inmediato, sino en sus consecuencias. En el tobillo torcido. En la visita al hospital. En los días detenidos. Ese pensamiento — tan breve como una sombra — fue el verdadero cambio.
No el dolor en la rodilla después de correr. No el crujido al levantarme del sofá. Fue la conciencia. La súbita comprensión de que el cuerpo ya no era una promesa infinita, sino un acuerdo que debía renovarse cada mañana.
Me quedé un instante más arriba, con la bombilla en la mano, escuchando mi propia respiración. No era miedo exactamente. Era cálculo. Una nueva voz interior que decía: mide, comprueba, sujeta.
Antes me subía a los árboles y el suelo era una anécdota. Una superficie lejana, casi decorativa. Ahora el suelo es un argumento. Está presente incluso cuando no lo miro. Tiene peso en mis decisiones.
Y sin embargo, mientras descendía con cuidado, sentí algo inesperado: no nostalgia, sino una especie de respeto. Como si por fin comprendiera la conversación secreta entre la altura y la tierra. Como si crecer no fuera dejar de subir, sino aprender a bajar sin romperse.
Sesenta vueltas al árbol
Hoy he caminado alrededor del viejo árbol del parque. Ya no me subo a él, ahora les doy la vuelta. He contado las vueltas: cincuenta y ocho, cincuenta y nueve, sesenta.
Me he detenido.
El árbol es más ancho de lo que recordaba. O quizá soy yo quien ha cambiado la medida de las cosas. Apoyo la palma abierta sobre la corteza y siento su aspereza antigua, como si tocara un calendario vertical.

Dar la vuelta a un árbol es distinto a escalarlo. Implica observarlo entero. Ver sus cicatrices, los nombres grabados en la corteza, las ramas que ya no están. Hay iniciales que apenas se distinguen. Corazones abiertos con navaja adolescente. Fechas que el musgo ha empezado a borrar.
Mientras camino, me veo. No como un recuerdo borroso, sino con nitidez: pantalones cortos, zapatillas desgastadas, las rodillas siempre marcadas por alguna caída menor. Me veo como el muchacho que me mira desde arriba sentado en una rama gruesa.
Completo la vuelta número sesenta y siento algo parecido a un acuerdo. Antes conquistaba las alturas; Hoy abrazo el perímetro. Antes vivía el vértigo; hoy sostengo la memoria.
Antes me subía a los árboles para conquistar la altura. Ahora los rodeo para comprender el tiempo.
El joven que fui aún permanece allá arriba, balanceando las piernas en el aire, convencido de que el mundo empieza en sus manos. Yo, desde abajo, lo observo con una ternura que entonces no conocía.
Y no estoy seguro de cuál de las dos cosas exige más valentía.
Lo que permanece
Hay niños en el parque. Sus voces atraviesan la tarde como pájaros desordenados. Uno de ellos trepa con torpeza pero con determinación. No calcula bien dónde apoyar el pie; se equivoca, rectifica, insiste. Lo observo sin intervenir. Siento una mezcla de vértigo ajeno y ternura, como si cada movimiento suyo activara un músculo antiguo en mi propia memoria.
Su madre lo mira desde un banco, fingiendo tranquilidad. Reconozco esa postura: el cuerpo aparentemente relajado, los hombros en tensión. El niño no la mira. Está ocupado en su ascenso.

Consigue alcanzar una rama baja. Se sienta a horcajadas, respira hondo y sonríe como si hubiera descubierto un continente. No es una sonrisa pequeña. Es una afirmación total: estoy aquí arriba y el mundo sigue en su sitio.
Yo también sonreía así.
Recuerdo esa expansión en el pecho, esa certeza momentánea de invulnerabilidad. Antes me subía a los árboles y sentía que el cielo era una extensión natural de mi territorio. No existía el cálculo. No existía la estadística. Solo la altura y el pulso acelerado.
El niño mira hacia abajo un segundo. No con miedo, sino con curiosidad. Luego vuelve a mirar al frente. Ese gesto mínimo me conmueve más de lo que esperaba. Hay en él una confianza que ya no me pertenece del todo, pero que tampoco me ha sido arrebatada.
No he perdido aquella versión de mí. Vive en la memoria como una fotografía en movimiento, pero también en la manera en que todavía levanto la vista cuando el viento sacude las ramas. Antes me subía a los árboles; ese joven todavía lo hace, en algún lugar dentro de mí.
Y mientras el niño desciende con cuidado, comprendo algo sencillo: no hemos dejado de ser quienes fuimos. Solo hemos aprendido a acompañarlos desde abajo.
La nueva altura
A los sesenta uno aprende otra forma de fuerza. No consiste en subir más alto, sino en sostener más despacio. En escuchar el latido después del esfuerzo. En aceptar que el equilibrio es un diálogo constante y no una conquista definitiva.

He tardado años en entender que la resistencia no siempre es vertical. Hay una resistencia silenciosa en levantarse cada mañana sin dramatizar el crujido de las rodillas. En aceptar que el cuerpo negocia, que propone límites, que pide conversación.
Respiro despacio. Siento el peso de mi cuerpo apoyado en el suelo firme. Ya no necesito despegarme de él para demostrar nada. El suelo no es enemigo ni amenaza; es aliado.
Apoyo la mano en el árbol. Cierro los ojos. La corteza sigue siendo áspera. El olor a savia es el mismo. Bajo mis dedos la vida continúa sin preguntarme la edad. El árbol no sabe cuántos años tengo. Solo responde al tacto.
Comprendo entonces que no he dejado de subir.
Simplemente he cambiado de dirección.
Antes me subía a los árboles buscando el cielo. Ahora desciendo hacia dentro con la misma curiosidad. Hay alturas que no se alcanzan con los pies, sino con la aceptación.
Dar la vuelta completa
Antes me subía a los árboles.
Ahora les doy la vuelta.
Entre una frase y otra caben décadas, pérdidas, risas, madrugadas y despedidas. Caben trabajos que comenzaron con ilusión y terminaron en silencio. Caben amigos que ya no están para recordar aquellas subidas imposibles. Caben fotografías que amarillean en un cajón y aún conservan el polvo del verano.

Pero también cabe algo intacto: el impulso de acercarme a lo que crece. La necesidad de mirar hacia arriba cuando el viento mueve las ramas. La memoria muscular de aquel joven que creía que el mundo era conquistable.
No necesito la rama más alta para sentirme vivo. No necesito demostrar que aún puedo. Hay una serenidad nueva en saber que podría intentarlo y, aun así, elegir no hacerlo.
Me basta con rodear el árbol, con reconocer su sombra, con aceptar sus cicatrices y las mías. Con saber que estuve allí arriba una vez y que, de algún modo, sigo estando.
La juventud era altura. La madurez es profundidad.
Y ambas, descubro mientras termino mi círculo y apoyo la frente en la corteza tibia del atardecer, son formas legítimas de estar en el mundo.
Antes me subía a los árboles.
Y aunque ahora les dé la vuelta, sigo buscando el cielo.
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Hola, Luis, como te he dicho por bloguers, felicidades atrasadas. Yo también soy de ese día, aunque de la década del 70. Es muy bonito tu relato. Cada década de la vida trae algo, a veces bueno, a veces menos bueno, lo importante es contarlo y si puede ser con una pizca de alegría, mejor que mejor. A seguir cumpliendo años, compañero y a seguir dando vueltas a los árboles.
Un abrazo. 🙂
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